viernes, 30 de diciembre de 2011

Memoria en la ventana

Esta memoria, esta mirada,

esta voz desenganchada que se pierde a la distancia en un instante;
Esta vida corre helada
y fluye en cuestas y cascadas pues sin pudor y descarada
se empeña en ser un río
se obstina en ser afluente
se resiste -a resumidas cuentas- a ser estanque.

20 de mayo de 2010

martes, 8 de noviembre de 2011

El metal, la piedra y la madera



Voy persiguiendo a la luna
Me cago en tu padre
No tengo ninguna razón para odiarte
Pero simplemente me acuerdo de ti

Rafa Pons



Nunca supe cuánto de lo que me decía era verdad, y aunque era consciente de que la mayor parte no lo era, en realidad no me importaba. Nuestras conversaciones nunca incluyeron alguna cláusula de verdad oautenticidad que nos obligara a que todas las anécdotas, historias o sueños que nos contábamos se apegaran fielmente a la realidad como sanguijuelas en la piel, esa obstinación tan propia de las parejas y de ciertas amistades y parentelas que parecen encontrar el sentido de su relación en la madera, la tierra y la dureza de las rocas, la obsesión de lo tangible que traducían en certeza, en el concepto de seguridad y de confianza como la solidez de una lápida gris e impersonal en un panteón cualquiera, como un niño en una alberca sujetado irracionalmente al parapeto de la escalera, anclado a la realidad del suelo firme frente al temor de flotar o de hundirse irremediablemente, de perderse y dejarse llevar y alejar los pies del absoluto y de la ciega horizontal, porque todo eso era la realidad: era piedra y era madera y metal, era solidez irreductible, era un punto en el espacio contra el cual estrellarse y morir.

Las charlas comenzaban hasta que estábamos sentados. Era su cuarto. Se las había arreglado para conseguir una pequeña mesa redonda y un par de sillas, un viejo termo de dos litros en el que guardaba café caliente y en el que algunas veces, cuando había algo más de dinero y mucho más de frío, llenaba de chocolate; también había un cenicero cuyas verdosas manchas eran ya imposibles de lavar, la azucarera y el bote de crema. Seguramente su abuela se preguntaría en dónde habían quedado su mesa, su silla y su termo para café, inquiriéndose desconfiada si el ingrato de su nieto los habría hurtado de la estancia para colocarlos en la recámara en la cual solía encerrarse con su amigo a hacer sólo Dios sabía qué, y de dónde alcanzaban a escaparse apenas algunos murmullos, unas risas, el sonido de la música y mucho humo de cigarro pasadas las ocho de la noche. Pero nunca dijo nada, la anciana nunca dijo nada, al menos no a mí, tampoco se animó nunca a cruzar el umbral de la puerta en aquellas raras ocasiones en que Alfonso se olvidaba de cerrar los tres cerrojos, como si en aquella oscura habitación hubiera realmente algo de valor que la anciana pudiera tomar, algo de lo cual pudiera apropiarse y utilizarlo en su contra de alguna manera que yo nunca pude comprender ni imaginar. Porque él había encontrado la manera no sólo de mentirme a mí, que era su mejor amigo, sino que había ideado una forma de además mentirse a sí mismo, de construir una suerte de realidad en la que su abuela era un ser siniestro que reptaba por las noches buscando la manera de hacerle daño, de violar su espacio con algún fin maléfico que sólo ella (o sólo él) podía comprender. Entonces su recámara dejaba de ser una recámara y se convertía en un refugio, en un lugar seguro, una fortaleza donde sólo las personas de su entera confianza podían ingresar. Y esa persona era sólo yo, nadie más que yo, acaso su novia de cuando en cuando, en aquellas ocasiones que lograba burlar el ojo vigilante de la anciana que se santiguaba o quería santiguarse cada que nos escuchaba blasfemar en cualquier modo. Era esa época en la que los dos necesitábamos por igual un enemigo acechante que un refugio que nos protegiera de él.

Eran los años de los 16 años, de las historias de chicas y novias que iban y venían por los pasillos de una preparatoria pública donde existíamos sin existir, porque la verdadera existencia estaba en esa habitación, frente a la mesita y las tazas de café humeante porque éramos demasiado esnobs para beber refresco pero no teníamos el dinero para ir a alguna cafetería a beber capuchinos y comer pays de limón y croissants, sentados junto a universitarios con facha de intelectuales que hablaban de dilemas existenciales, de la realidad política del país y de cómo las teorías de determinada escuela de pensamiento ofrecían mayores y mejores opciones para construir opciones de vida digna para todas las personas. Eran los años de creer en cualquier cosa, de añorar cualquiera cosa como si la hubiéramos tenido alguna vez pero que en realidad solamente imaginábamos, una especie de melancolía a la inversa pues extrañábamos cosas que jamás habíamos visto y de las cuales únicamente teníamos las nociones que nosotros mismos nos habíamos inventado deliberadamente, con toda la conciencia de que hablábamos y aspirábamos a cosas que no existían y no tenían por qué existir. Por eso resultaba más práctico inventarlas como quien inventa un dios a quien de pronto decide adorar en vez de adorar a otro, igualmente inexistente.

Pero nosotros no hablábamos de ello, al menos no textualmente, acaso lo evocábamos de forma indirecta pues aún no teníamos la suficiente conciencia de enfermedad para analizar lo que estábamos haciendo, simplemente respondíamos a un rechazo hacia lo que nos parecía una nulidad apabullante. Pero tampoco hablábamos sobre partidos políticos ni sobre proyectos de nación, tampoco acerca de grandes escritores ni de la apreciación que uno o el otro tuviera de alguna novela o ensayo en particular, del arte, de las últimas exposiciones contemporáneas, películas alternativas, todas aquellas muletas y barandales mentales de los cuales nos hicimos años más tarde, de los cuales me hice años después.

En realidad hablábamos de sueños, no en el sentido barato, motivacional y hollywoodense que los relaciona con las aspiraciones, deseos y ambiciones de cada uno. Por el contrario, hablábamos de sueños en el sentido literal y freudiano, mejor aún que el freudiano porque no tratábamos de analizar nada, de entender ni racionalizarlo, tampoco buscábamos neurosis en uno o el otro. Ninguno de los dos sabía entonces quién demonios era Freud, Lacan o Frankl, con una ignorancia tal que nos permitía colocar a los tres en la misma oración uno seguido del otro, lo cual no sólo reflejaba un profundo desconocimiento intelectual, sino que además resultaba tremendamente liberador: liberador porque no había compromiso ni atadura alguna con la obligación de saber, de conocer, de estructurar, de ordenar el conocimiento de tal o cual manera, esos votos que uno va haciendo a lo largo de su vida como un monje hincado ante el espejo de una habitación oscura, sometiéndose por algún compromiso religioso e iniciático con alguna entidad que no es otra cosa que el reflejo de su propia vela en el espejo negro, a leer determinados libros y conocer acerca de temas particulares, cuando en realidad no son más que las frutas de un supermercado de las ideas y del pensamiento en el cual adquirimos por un módico precio una serie de conceptos concebidos por algún pensador, filósofo o literato que tuvo a bien escribir y publicar sus quimeras para que alguien, nosotros, las compráramos y consumiéramos en forma de libros muchos años después, como quien se come una manzana camino al coche tras coquetear con la chica de la caja seis.

Y nosotros que no queríamos entrar al supermercado porque creíamos de modo infantil en nuestra propia ignorancia, en nuestra propia mitología de dioses oscuros y cavernas con fogatas junto a la mesa, el termo, las tazas y el cenicero. Nosotros que no creíamos en nada más que en ese aislamiento donde podíamos existir.

“¿Qué soñaste anoche?”, era la pregunta de todos los días que hacía uno y hacía el otro, y la respuesta nunca era la misma: Alfonso hablaba de largos y complejos sueños, de mujeres con armas, mujeres fálicas, dulces o castrantes, que podían ser nuestras novias, musas o madres; amigos del pasado y compañeros de la escuela, de la novia de uno o del otro que iban y venían deambulando por nuestras vidas, coexistiendo como bacterias en la sangre, como humo en los pulmones y úlceras hemorrágicas, porque en los sueños de Alfonso siempre aparecíamos los dos y siempre había una historia retorcida sobre la cual discutir y pensar en sus posibles variables, extensiones oníricas de nuestras vidas partiendo siempre del mismo punto: del aquí y del ahora y de cómo se transmutaban en otra realidad, en otro aquí y otro ahora más parecidos a lo que queríamos soñar que a lo que soñábamos realmente. Era ahí donde yo me soltaba de la escalera de la alberca y cortaba la cadena que sujetaba el ancla, donde vivía el sueño entre sorbo y sorbo de café y entre cada cigarrillo. Porque en el fondo yo quería soñar como Alfonso, yo quería despertar cada mañana habiendo visto y vivido una historia de la cual no hubiera olvidado un solo detalle, que se resguardara íntegra en mi memoria para llegar por la noche y ser yo quien contara el sueño ante la mirada absorta de mi amigo. Lo quería aún después de haber entendido que Alfonso no soñaba y que todas las historias que me contaba las había inventado al mismo tiempo que las narraba, o bien, que dedicaba los días y las tardes enteras a pensar en el sueño que habría de narrar ya entrada la noche, y eso no lo hacía menos onírico, no lo hacía menos real a pesar de no tener la piedra, el metal y la madera, porque Alfonso no necesitaba dormir para soñar como no necesitaba que las cosas sucedieran ni que se pudieran percibir con los sentidos para que fueran reales.

Y yo que difícilmente lograba recordar esbozos de mis noches, fotografías oscuras de mis pesadillas que intentaba compensar con narraciones en papel etiquetadas como cuentos, como poemas insulsos en el frenesí adolescente de aspirar a algo, de querer ser algo, cuando el secreto del juego era precisamente no aspirar a nada.

Pasaron muchos años antes de que volviera a ver a Alfonso, tantos años como edad teníamos sentados en su habitación junto a la mesita, con su abuela espiándonos y buscando la manera de hacernos daño.

Me telefoneó un día y me citó en una cafetería donde venden café americano, capuchinos y croissants. Llegó en un Mercedes Benz que presumió como propio y que había comprado con el sueldo que le dejaba su cargo como directivo en un banco local. Reservé mis dudas para más tarde.

Me habló de un departamento donde vivía al sur de la ciudad, me contó que habían asesinado a un sujeto la noche anterior en el piso de abajo, me habló de un pasaporte que logró robarse, de una joven que lloraba histérica.

Tardó 15 minutos en terminar la historia durante los cuales no dije palabra. Acaso al final asentí cuando me pidió utilizar mis contactos en el periódico para investigar qué había sucedido. Encendía su segundo cigarrillo.

Entonces dije lo que él había deseado desesperadamente que dijera desde el momento en que me telefoneó aquella tarde, lo que desde el principio supe era el verdadero motivo de la llamada, aunque quedara oculto bajo el asesinato, el pasaporte y el Mercedes Benz.

Miré fijamente a los ojos a mi amigo que no había visto en más de 15 años y le hablé como si hubieran pasado menos de 15 minutos desde la última vez: “Y dime… ¿qué soñaste anoche?”.

Alfonso sonrió, no sé si con más desahogo o agradecimiento, pero sonrió aliviado.

“No tienes una idea…”.

No paró de hablar en toda la noche.

Antonio Argüello
8 de noviembre de 2011

viernes, 8 de julio de 2011

No tengo tu tiempo

Llegué a la mesa. En la mesa me esperaba un hombre. El hombre llevaba una gabardina y en ella me esperaba un arma. En la recámara una bala me aguardaba. Impaciente tomé asiento .

miércoles, 26 de enero de 2011

Ángel negro

Me permití tomar esta imagen de Fabián Cavazos de donde, por cierto, nace este texto.


Su maldición era el vómito de flores negras al despertar cada mañana. Los pétalos sombríos brotando uno a uno entre sus labios, el pecho adolorido con agonizante carraspera que nacía en el estómago y clavaba las espinas en el pecho, muy dentro en el pecho y desde ahí se resistía arañando el esófago como uñas y colmillos y dientes afilados de ese monstruo que no quiere ver la luz ni asfixiarse con el aire y el oxígeno y la sal.
Sus alas eran negras, el pétalo y los pistilos, el tallo asfixiante que cruzaba la laringe entre susurros y alaridos de sangre sin sabor, porque el sabor está allá arriba, en la lengua y sus papilas, el paladar lejano allá donde la luz se asoma, donde el aire es fresco y las muelas tiemblan aguantando la tentación iracunda de morder hasta romperse, destrozarse entre la furia y desahogar aquello para lo que ya no queda voz, muy lejos de este tubo oscuro y vacilante que ruega porque cada flor en su interior sea la última, por no más heridas ni perforaciones ni agonía ni espasmos contenidos, gritos sin palabras y palabras que se ahogan; la sangre acumulándose en el estómago, pudriéndose y pintándose de negro para crear otra flor.
Entonces la punta aterradora se le asoma entre los dientes y la lengua. La saluda. Dramatiza en ese instante cuando sus labios ya no tienen color y sus pupilas parecen fundirse con el sudor y las lágrimas, las redecillas sanguíneas del desconsuelo. La toca con los dedos. Las yemas temblorosas. Con dificultad aspira e intenta no toser. Se detiene y lo piensa. Siempre lo piensa. Pero no hay más remedio. No hay otra manera. De no hacerlo morirá asfixiada con el tallo, las espinas y los pétalos. Lo sabe. Lo vive cada mañana desde hace tantos años, siglos, eternidades sin memoria, oscuridad sin estrellas ni misterios.
Cuando por fin jala se desvanece el tiempo. Se lo llevan los pinchos rasgándola por dentro. En ese relámpago cuando no existe nada ni nadie: sólo los aguijones con su beso salvaje de punta en el pecho, de estocada en la garganta, los finos tejidos desgarrados, el vómito de ácido y sangre. Ese instante muerto.
Y las manos en el piso. El flujo escurriendo. Hilos de saliva y el llanto imparable. La respiración con dificultad como quien nace cada mañana entre gemidos sin sentido, la ceguera húmeda y el deseo de entender y de que todo termine.
En el suelo, la rosa negra saludándola de nuevo. No está muerta, lo sabe. Respira hondo y descubre nuevamente la vida.
Toma la flor y la mira. Respira una vez más. Sabe que le servirá de alimento.

Antonio Argüello
26 de enero de 2011

martes, 26 de octubre de 2010

Enfermedad

Al quinto día perdí todos los dientes, uno a uno fueron cayendo sin dejar huella de sangre o de dolor, simplemente se desprendieron como si nunca hubieran sido parte de mi, adheridos como hojas húmedas a la piel, sin dramas ni otros síntomas que el desprendimiento de cada pieza conforme las horas iban transcurriendo. El patrón mantiene el mismo ritmo que el resto de los casos: en cada una de las páginas del registro que inicié desde el momento del contagio el comportamiento ha cumplido con los síntomas, los tiempos, las etapas. El mal avanza. Mi tiempo se termina. La evolución de la enfermedad es clara y definida, la variación es tan mínima que apenas presenta un rango de unas cuantas horas en la presentación de cada etapa y cada síntoma. No más de dos según la bitácora que elaboré para los últimos sujetos, aunque no debemos darlos por definitivos, no puedo perder de vista que la muestra abarcó apenas siete especímenes, todos varones, pues por razones meramente fortuitas no fue posible acceder a una hembra que permitiera dar una visión más amplia y global del comportamiento del virus, pero al menos mantiene clara la idea de que no hay marcha atrás: en dos días más no seré capaz de escribir y en tres más de pensar. Mi humanidad se habrá ido para entonces y sólo me queda confiar en que alguien encuentre estos rudimentarios apuntes para que conozca el comportamiento de la enfermedad y empiece sus propios apuntes cuando se sepa infectado. Hasta el momento no hemos encontrado una forma concreta de contagio. El aislamiento de nada ha servido. Es como si el virus tuviera una conciencia o se trasladara por una vía diferente al contacto y al aéreo. Sé que suena imposible pero en ningún momento hubo descuidos en el protocolo de tratamiento. Los contagios son ilógicos y no hay un patrón claro en la expansión del mal. Por eso fue difícil en un principio dar con los especímenes. Por eso ha sido tan difícil estudiarla para quienes no están contagiados, pues los primeros casos se presentaron en puntos abismalmente distantes geográficamente, y los pacientes no tuvieron contacto de ningún tipo. Los expedientes fueron estudiados por decenas de expertos epidemiólogos y ninguno pudo encontrar una respuesta concreta para una mutación tan abominable como la que estaban –estamos– padeciendo. La enfermedad no sólo no parece tener cura posible, tampoco tiene explicación. Una suerte de cáncer que de algún modo se transmite, tiene que transmitirse, pues de otro modo no sería posible explicar una manifestación tan masiva, tan mortal, tan inabarcable, que para el día de hoy ha terminado con más de la mitad de la población mundial. La última información a la que tuve acceso refería que un 10 por ciento de los sobrevivientes ya mostraba los primeros síntomas que he venido describiendo en estos registros y experimentando durante los cinco últimos días, para los que los médicos a cargo no habían encontrado una sola explicación ni huella del virus. Incluso leí acerca de teorías de otros expertos acerca de que bien pudiera no tratarse de una enfermedad, dadas las características tan aleatorias y inexplicables en su avance. Incluso hay quienes hablan de una predisposición genética de toda la especie para destruirse llegado el punto, y éste sería precisamente el punto: el momento en el que la humanidad deje de existir sin guerras, destrucción del planeta, ni afectación alguna al resto de las especies. Sencillamente dejar de existir y punto. La muerte ecológica, carajo… Sólo de escribirlo y releerlo suena ridículo, pero a este nivel de las cosas todas las teorías son estúpidas y cada vez más inútiles. No deja de ser contradictorio cómo una ciencia en apariencia tan complicada y elaborada como la medicina, sustenta sus avances en ir variando sutilmente aspectos de una misma sencillez y simpleza: de considerar las enfermedades castigos divinos, las transformó en los pequeños organismos que se transmiten por alguna vía, como pequeños paquetes que nos entregamos unos a los otros y sin los cuales la enfermedad y el contagio no existen, una cosa que si la vemos con algo de perspectiva, resulta bastante simple, por no decir ridícula. Sin embargo, ésta pareciera ser la venganza de la medicina medieval. No tiene forma, no tiene origen, no tiene contagio. Simplemente aparece y ya, como si pequeños protones contaminados fueran y vinieran de un cuerpo a otro en le teoría cuántica de la física. Da igual la explicación. Una explicación no me devolverá los dientes ni evitará que siga perdiendo la forma y la condición humana durante los próximos días. La explicación a estas alturas de la enfermedad no sirve ya de nada, como tampoco sirve este aislamiento absurdo, al menos para el resto de la humanidad que igual habrá de enfermarse. Para mi, en cambio, resulta en cierto modo ventajoso. Tengo techo y tiempo para pensar, para dar vueltas al asunto como tantos lo han hecho antes de convertirse en abominaciones; hasta ayer tenía alimento, aunque sé que hoy sin dientes ya no podré ingerir ninguno porque me acerco a la fase más radical de la transformación. No quiero pensar en eso, ¿cómo se puede pensar en lo que representa el hecho de no pensar? ¿Cómo puede el raciocinio y la inteligencia concebir su propia ausencia? ¿Puede la conciencia concebir el vacío que dejaría al desaparecer? No es posible, no hay manera de siquiera acercarse. Después la modorra, el aislamiento interior y finalmente… la nada. Convertirse en algo que no somos… o quizá en algo que ya éramos y llevábamos por dentro, algo que cargábamos. Esa masa deforme, esa gelatina orgánica, esa monstruosa degeneración de la carne y el espíritu que al final de los días simplemente existirá. Porque la maldición de esta enfermedad es que no mata al portador: lo reduce, lo simplifica, lo involuciona. En el axioma de “pienso, luego existo”, se come los dos lados de la ecuación. Y de nosotros no queda nada, acaso una forma que puede ser cualquiera y una masa con una consistencia viscosa y blanda, sin voluntad ni movimiento, que vive de una combustión simple como los primeros protozoarios. La humanidad reducida, humillada, muerta sin cadáver. Es el quinto día y ya perdí todos mis dientes. El resto lo perderé mañana. El mal avanza. Mi tiempo se termina. No volveré a escribir.




Antonio Argüello
26 de octubre 2010

sábado, 17 de julio de 2010

En aquel tiempo




Encontrado en el viejo archivo. El documento de Word dice agosto de 2006. No tengo idea de en qué pensaba entonces.


Ante todo, la tristeza; ante todo las vueltas y las vueltas a lo mismo, un círculo que se repite en interminables ocasiones, una carretera sin sentido, una mirada empeñada por los párpados intencionalmente entrecerrados, un insecto que medita las advertencias de no tocar la luz azul –la luz de muerte –sabiendo en el fondo que terminará calcinado dentro del fatal iluminador.

domingo, 9 de mayo de 2010

Aproximación a ninguna parte

 




Esta noche existes.

Te ocultas en los muros y en las sombras,
En el cabello graso y los labios humedecidos.
Te deslizas por los pliegues sucios de mi cuerpo
Y arrinconada en la lejanía,
En lo más apartado de tu destierro,
Resucitas dormida y te sonrojas.

Esta noche existes,
Lo se con temor y desenfreno.
En mi locura cálida y mi hambre obsesiva
Tu figura viene y se desliza toda…
Perdida y olvidada

Pero olvidada no.

Antes me levanto y te robo un sueño
Lo llevo conmigo y lo cubro de maleza,
Con la boca humeante y las manos adoloridas
La frente me sangra,
los ojos palpitan
Y tu nombre yace muerto…

Su triste fonética
Su doliente ministerio.

miércoles, 7 de abril de 2010

De los equívocos en la oscuridad


-Mi amor… –balbuceó dolorosamente con los ojos vendados y la mordaza todavía en la boca –ésa no es mi vagina…

-Lo sé. Pero ése no es mi pene ni yo soy tu marido…

Ella no supo qué decir.

viernes, 20 de marzo de 2009

Historia inútil de un homicidio estúpido


Manuel abrió la puerta del despacho del gobernador y, sin decir nada, sacó el arma del saco y disparó cuatro veces. No lo dejó decir palabra.

El secretario particular gritó como niña. Sólo alcanzó a abrir mucho los ojos y a dar dos pasos atrás para evitar el fuego. No hay lealtad que se resista la tentación de romperse cuando ve la propia seguridad en peligro. La muerte, la propia preservación, cualquier cosa. Todo se reduce a intereses, y en el punto más básico, siempre aflora el “yo” con todas sus variantes, sus egoísmos, cobardías y mezquindades, lo cual en este caso significa simplemente dejar morir al hombre en la silla del mandatario, su protector y benefactor, ahogado en su sangre con los pulmones perforados.
Una bala en la frente convenció al muchacho de guardar silencio.

Manuel no tenía expresión en su rostro cuando disparaba. Sólo jaló del gatillo una y otra vez. Y mientras disparaba no pasaba pensamiento por su cabeza, no había ninguna idea ni objetivo, ni siquiera matar, al menos no como una afirmación concreta, sino todo lo contrario: como una negación, una anulación, un acto más pasivo que activo. No se trataba de hacer un país mejor, ni de enviar un mensaje a la gente del poder, a los potentados o el calificativo que mejor quisiera alguien colgarle a quienes juegan a que lo controlan todo y se mienten a sí mismos diciéndose que no son ordinarios, que valen algo, que marcarán la historia o que sencillamente pueden hacer lo que se les venga en gana sin distinciones éticas o morales. Da igual.

No había razón y esa era la única razón para la misión suicida: ver morir sin motivo alguno al hombre de todos los poderes, al protegido, al número uno. Matarlo simplemente porque podía hacerlo, sin causas ni efectos. Un homicidio absurdo para una vida absurda.

Esa mañana, Manuel había titubeado: ¿Por qué al gobernador? ¿Por qué específicamente a él, dándole una posición privilegiada sobre los millones de personas que habitan en el estado, y que también podrían ser asesinados, como concediendo filosóficamente un estatus a ese hombre corrupto y vil como todos los hombres?

Entonces Manuel se permitió un razonamiento lógico: el mejor hombre para matar sin motivos es aquel sobre el que ciernen múltiples razones tanto para asesinarlo como para dejarlo vivir. Nadie lo matará por una causa, y por tanto, la causa del mismo mandatario quedará negada y reducida a una anécdota sin sentido, sin conceptos de oropel como el honor, el servicio, ni fantasmas de peor nivel, así sea la misma ambición corrupta. Esa sería la única afirmación teórica que se permitiría ante la imposibilidad de anular toda construcción mental, lo cual hubiera también anulado toda la serie de acciones que lo llevaron al cuadro de su mano derecha levantada con una pistola humeante y el gesto impávido, con dos cadáveres frente a sí.

Por eso no hubo gestos de odio, palabras de amenaza ni titubeos sentimentales: cualquier emoción le hubiera dado una carga de sentido, de razón de existir al asesinato. Un maniquí armado y autómata mató al gobernador. Nada más.

Tampoco hubo silenciador, no había por qué ocultarlo. Las detonaciones fueron explosiones que retumbaron en todo el Palacio de Gobierno con su manada de policías y escoltas que resguardaban de cerca y de lejos a su real majestad, el rey pequeño, ese imbécil.

Manuel tampoco dibujó expresión de angustia o dolor cuando una bala perforó su espalda, cuando un guardia lo golpeó en la cabeza con su arma, ni cuando uno más le disparó al menos seis veces a quemarropa.

Tampoco cuando escuchó los gritos y los llantos, cuando sintió la humedad cálida de su ropa ensangrentada, ni cuando a lo lejos alguien confirmó las dos muertes.

En ese momento, Manuel comprendió que él también moriría, que estaba a punto de suceder, y que había cumplido su objetivo.

Ahí entendió que nada había tenido sentido, que todo era inútil y que él mismo no significaba nada en la historia.
Sonrió.

lunes, 9 de marzo de 2009

Análisis de imagen


-No me he podido decidir, papá… Con eso de que sería omnipotente, ¿cómo ves Omniman? Y usaría capa, antifaz y quizá un churrito cayendo en la frente, creo que se vería bien y atraería a mucha gente. Iría muy bien con mi habilidad para volar, ¿no te parece?
-Hijo... ¿Cómo decirlo? Esa no era exactamente mi idea al mandarte a la tierra. Sería mejor que te limitaras a la túnica y a que te llamen por tu nombre… Y lo de volar déjalo para cuando tengas que volver aquí, ¿cómo ves?

Jesús y su padre discutían arduamente el manual de imagen para su estancia en el mundo de los hombres.

viernes, 6 de marzo de 2009

¿A qué hora me puedo ir?


-En realidad no quería hacerle daño, pero usted sabe: el calor, el estrés, el cansancio. Simplemente no tenía humor de escucharla esa tarde. El sol lo pone a uno de malas, ¿sabe? Más cuando uno no ha comido y tiene una sed del carajo. Entonces llega y me dice que por favor me haga a un lado porque necesita pasar, y pues uno reacciona mal. Ojalá no lo hubiera hecho, pero es algo que puede pasarle a cualquiera, usted sabe. Ahora que estoy más tranquilo y que desahogué un poco de esa presión que carga uno, pues ya veo que simplemente debí ser más atento y no dejarme llevar por mis propios problemas. Pero dígame, ¿a qué hora me puedo ir?

-Pues mire... ¿qué le parece si primero me dice qué hizo con el hígado y después vemos eso?

De la literatura libre, pensando levemente en Khalil Gibran


La única libertad de expresión y pensamiento se sostiene en dos pilares básicos, la seguridad y la certeza: la seguridad de no ser escuchado y la certeza de no ser comprendido. Lo demás es oropel idealista y pueril. La libertad absoluta existe en ese oscuro espacio donde ser libre sencillamente no importa.

jueves, 5 de marzo de 2009

Grito al vacío en una tarde de marzo


Nada de esto es lo que era.
Nada de esto es lo que debería ser.
Por mí pueden irse todos a la mierda.
Yo me quedo y se los juro:
A ninguno extrañaré.

sábado, 28 de febrero de 2009

0


No es casualidad que haya descuidado tanto estos trabajos, estos ejercicios de reflexión, de estilo, o de lo que sea. Al fin y al cabo la idea de "Kill the muse" era crear una especie de realidad alterna a "Alguien Miente". En mi blog anterior todo era buscar razones, conexiones, razonamientos que permitieran hacer algo lógica cierta percepción del munco. Kill the muse es lo contrario, es no buscar razones ni motivos, despreciarlos y hacer que sencillamente las cosas existan. Quizá por eso no he escrito (y aqui vamos en la obsesiva necesidad de encontrar motivos). Algo se escribe también al momento de no escribir nada. Lo que escribo en mi omisión ahora es mi actual desprecio de la perpetuidad. Mi no-escribir quizá tenga más sentido que mi escritura como elemento activo. Eso significaría, diría Brett Easton Ellis, que todo aquello que he escrito en mi vida es less than zero.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Y entonces...

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Pasaron dos años.














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lunes, 27 de octubre de 2008

De las palabras como principio


Piensa una palabra que lo abarque todo. La que sea. No importan los fonemas, las letras ni la estética del vocablo que elijas. Su forma, su métrica, su pronunciación. Sólo importa lo que abarque. Sí, nada más... pero tampoco nada menos por que sé que no es sencilla tarea. No debe de serlo y si lo es, es porque la palabra es equivocada, inservible, inútil y desechable. Artículo que no llega ni a la quinta necesidad y que debe ser rumbado al vacío inerte donde se arrojan las palabras de su naturaleza, donde las tiran quienes saben que vale más el silencio que la palabra necia o innecesaria. Pero no debo desviarme.
El asunto es nuestra palabra, la que a partir de hoy buscarás y no volverás hasta haberla encontrado. La que será tu nombre y el mío, el de tu amante y tu enemigo. Tu hijo y tu madre, tu padre y tu asesino. El nombre con que nombrarás el cielo y tu casa, el piso y el árbol muerto que yace convertido en leña, ceniza y llamas. La palabra lo será todo porque la palabra debe abarcar lo inabarcable, unificarlo, reunirlo pero no sintetizarlo. No reducirlo. No debe ser un corpiño que ciña, apriete, limite y deforme. No. De ser cielo. Debe ser luz infinita. Debe ser oscuridad absoluta. Debe serlo todo. Y no será sólo lo inabarcable: será las limitaciones y lo ilimitado. Lo infinito y lo efímero. De nuevo: todo. Nuestra palabra no hará distinción entre ying ni yang en este universo de estrecheces, pasillos angostos y techos casi al ras del suelo. Nuestra palabra será una y será única y dentro de ella cabrá todo lo que queramos guardar, una caja que no será una caja, será una puerta sin tamaño ni medida, pero igual ahí estará.
Nuestra palabra será metafísica pues en sus letras habrá caminos y universos, galaxias enteras ardiendo y que se fundirán en hoyos negros con su densidad hambrienta de nuevos mundos y paraísos, infiernos y voces de ángeles blancos, negros y rojos; y en su vendaval, nuestra palabra será paz porque todo lo abarcará, lo abrazará, lo fusionará en un solo concepto que será el nombre de nuestra palabra, la que tú encontrarás, la que tú traerás.
Y en esa palabra nos ocultaremos para siempre, detrás de sus letras guardaremos nuestra vida y guardaremos nuestra muerte. Partiremos solos hacia su inmensidad, y si alguna vez nos sentimos olvidados y abandonados, simplemente invocaremos nuestra palabra, nuestra propia palabra, aquella donde lo guardamos todo y que con solo pronunciarla le daremos sentido a nuestra vida, a nuestra muerte y a todo el cosmos.

martes, 21 de octubre de 2008

Fotograma


Y el poema, el verso, la palabra, la narración y se repite, se repite, se repite. Fotograma, imágenes, clichés y el cerebro y el corazón apagados. Bienvenido al mundo del "pudo ser". Everithing is gone, babe. Goodbye.

...Hoy día hasta la depresión es una frivolidad....

Se vende un mundo. Informes aquí.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Otto y el gato


Nadie le dijo a Otto que no debía tocar ese gato. Nadie le informó las consecuencias que tendría cualquier contacto físico con el animal. No le advirtieron lo que vendría, lo que seguiría, la huella que le dejaría ese gato.

Él no lo sabía, por eso Otto tocó al gato. Por eso no hizo caso: porque nadie le advirtió y por consiguiente no era su culpa.

Eso fue lo que abrió las sospechas sobre Otto. Saber si Otto era consciente de lo que vendría, pero sobre todo, saber si Otto era consciente de su propia ignorancia y de que habría una consecuencia directa que nadie le había informado. La sospecha era que Otto pudo haberse valido de ello para alegar que nadie le informó, que nadie le dijo, que él no sabía.

Porque ahí pudo ocultar su desliz ético y moral: en la ignorancia, la falsa ignorancia, claro, o al menos en la circunstancia de que nadie lo procuró. Si nadie se ocupó de que él tuviera conocimiento de lo que vendría, todos menos él serían los responsables. Una situación conveniente para él, sin duda, y para evadir una responsabilidad clara.

Él debió de haberlo sabido… Sí. Está el instinto. El trozo de animal en su alma que le diría al oído y sin necesidad de nadie más que no debía tocar al gato, que las consecuencias vendrían y que jamás lo olvidaría. Jamás.

Pero entonces, quizá Otto no escuchó ese susurro de racionalidad y sentido común y prefirió dejarse llevar por la tentación, la curiosidad y el hedonismo implícito. Ese habría sido el momento en que Otto tocó al gato.

Y una vez que Otto tocó al gato, debió saber de inmediato que nunca debió haber siquiera pensado en tocarlo alguna vez.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Esas viejas tardes


En tardes como ésta siento que no hay nada que deba querer, que merezca ser anhelado y valga la pena el esfuerzo mental de desearlo por encima de algo más y romper con ello mi apatía por cosas que antes me apasionaban. El arte se siente tan distante, la literatura tan vacía, lo absurdo tan absurdo. Hoy no encuentro el camino para ese otro lado del espejo donde el sentido sigue ausente, pero las cosas parecen moverse en otra dirección. Hoy es lunes, el cielo está despejado y todo en el mundo parece una masa gris sin nombre ni definición. El mundo es una roca y al parecer no hay lago a dónde arrojarla y jugar con ella a los patos. Las ondas en el agua, el sonido de la roca al hundirse. Hoy es lunes y la tarde no tiene nada que ofrecerme, absolutamente nada.

lunes, 25 de agosto de 2008

Apunte rudimentario sobre la necesidad


Pero a veces el hambre no tiene figura ni alimento que la sacie. Ocasiones en que la percepción se queda en ese mutis estático, vacío. La prolongación de ese instante preciso al despertar donde el sueño no ha terminado pero la luz por la ventana fastidiando en los ojos. El cuerpo no sólo pequeño y ridículo, sencillamente insuficiente. ¿El cuerpo? No. No es una cuestión de sangre, huesos, músculo e impulsos eléctricos desde esa máquina atrofiada y gris. Es algo más. El problema no es desear ser alguien más, trasladar la conciencia a otra cara y otra anatomía y otra realidad (otra perspectiva de la realidad, aunque la realidad es la misma siempre, diría algún absolutista, y quizá un relativista saldría con que hay miles de realidades como visiones la habitan, y todo lo que está más allá de la cabeza son electrones y emulsiones químicas que provocan una serie de reacciones en cadena en este casco de calcio y otros lugares comunes; cómo necesitaba releerte, carajo, tantos años y tú guardado en una repisa olvidada, entre el polvo, los recuerdos y el directorio telefónico, como si contigo pudiera guardar el hambre, la necesidad y la desesperación de ser tú y ser todos, y mirar desde allá y de acá, y los paréntesis, las acotaciones y las frases sueltas al margen del texto, la realidad también es insuficiente, toda ella con o sin relativismos, hasta el relativismo es insuficiente a estas alturas de mesa sin patas y noches sin luna, casas sin ventanas y libros deshojados que hacen más sentido que cuando estaban completos, pero etcétera). El problema es querer ser todos a la vez. Necesitar esa mirada colectiva como si se construyera un mapa de universo trazado en pequeñas hojas blancas pegadas con cinta adhesiva. Trazarlo todo. Ser ese mapa con rutas de ida y de venida, y sobre todo con la perspectiva, con la visión, con la contemplación total y absoluta de las cosas. No hay otra realidad. No hay otra perspectiva. En todo caso hay niveles de percepción y de sensibilidad (si es que sensibilidad es la palabra). La realidad y sus pedazos. La realidad y sus fragmentos. La realidad y su enana entrega que la hace tan parecida a la mentira, al insulto. Y entonces lanzar el cigarrillo hacia el vacío oscuro, expeler el humo con los ojos cerrados y preguntarse por qué demonios el café sabe esta noche tan distinto.